Con esta historia aún, lamentablemente, estaba en esa puta casa, veía todavía pasar a aquella mujerzuela que tenía como madrastra…
Mi abuelo paterno aún vivía con nosotros, él era herrero, tenía todas sus pertenencias en mi casa y tenía su pequeño taller, lo que más me atraía a ver como trabajaba era un fierro con forma de corazón que utilizaba para marcar a sus vacas, yo veía como… una diversión ese trabajo, pero mi abuelo me dijo que el sufría con eso… que las vacas igual sentían ese dolor a fierro quemado… entonces, hace unos meses se me ocurrió la espeluznante idea de invitar a la chica popular del curso, a la salida del colegio, nos fuimos directo a mi casa y con una alegría inigualable le dije que le tenía un regalo, ella me acompañó a “buscarlo” al taller de mi abuelo, apenas entramos, cerré la puerta y de una leña que había puesto antes de irme, saque aquel fierro que anhelaba tanto usar, y le dije: “te gustara tu regalo, tanto como a mí me gustará dártelo”, observe el fierro color naranjo fosforescente - ya que hervía- y sonreí, me acerqué a ella y lo fui enterrando lentamente en su vientre y se sentía como el fierro hirviendo quemaba todo a su paso, ella gritaba como una loca desesperada… yo comencé a reír desenfrenadamente, me llegaba a doler el estomago… pasaron algunos minutos y su rostro se volvía completamente desvaído, el azulejo estaba tomando un color carmesí y supuse que tendría que asear antes que llegaran todos, y de pronto se me vino a la mente “Fuego, inflamación”, entonces tomé aquel cadáver y lo tire contra el fuego…. Empezó a salir olor a carne quemada, me senté en el suelo y comencé a ver aquel espectáculo de un cuerpo consumiéndose por el magnífico fuego. Luego, obviamente tuve que limpiar, pero yo, ya muy feliz, comencé a asear poco a poco aquel azulejo manchado…
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